Mucho antes del Metro, miles de dominicanos crecieron viajando en carros públicos hacia la Duarte, los cines y las compras de Navidad.
Todavía puedo ver a mi madre esperándolo bajo el sol de la avenida 17, hoy conocida como avenida Padre Castellanos.
Era a principios de los años 80 y cada viaje en aquel carro público parecía una pequeña aventura. Nos llevaba a la avenida Duarte a comprar zapatos para Navidad, ropa para Reyes y, si había suerte, a una tanda de cine que uno recordaría durante toda la vida.
En aquellos años, tomar un carro público era algo tan normal que nadie se detenía a pensar que estaba utilizando uno de los símbolos más auténticos del transporte dominicano. Simplemente se levantaba la mano, el chofer se detenía y comenzaba el recorrido.
La Duarte era otro mundo.
Sus aceras siempre estaban llenas de gente. Los comercios exhibían sus mercancías desde temprano. Los vendedores ambulantes ofrecían de todo. Y para muchos niños y adolescentes de aquella época, caminar por esa avenida era como entrar a una ciudad dentro de la ciudad.
Recuerdo también los cines.
El Doble, el Triple Nacional, el Diana y el Atenas. Este último tenía una característica que hoy parece sacada de otro tiempo: era al aire libre. Ver una película bajo el cielo de Santo Domingo era una experiencia difícil de explicar a quienes no la vivieron.
Con el paso de los años, una pregunta comenzó a rondarme la cabeza: ¿de dónde surgieron los carros públicos que durante décadas movieron a millones de dominicanos?
Un invento de la necesidad
La historia no registra una fecha exacta para el nacimiento del carro de concho en la República Dominicana.
Sin embargo, diversos investigadores coinciden en que este sistema comenzó a desarrollarse entre las décadas de 1940 y 1950, cuando propietarios de vehículos particulares empezaron a transportar pasajeros por rutas relativamente definidas a cambio de una pequeña tarifa.
La ciudad crecía y la necesidad de movilizarse también.
Lo que inicialmente fue una solución informal terminó convirtiéndose en una de las principales formas de transporte para miles de familias dominicanas.
Con el paso de los años, los carros públicos llegaron a prácticamente todos los rincones de Santo Domingo y luego se extendieron a otras ciudades del país.
¿Por qué se llaman conchos?
Una de las versiones más conocidas sobre el origen del término señala que la palabra proviene de un personaje humorístico llamado «Concho Primo», creado por el caricaturista dominicano Bienvenido Gimbernard.
Según esa tradición popular, los primeros vehículos dedicados al transporte colectivo comenzaron a asociarse con ese nombre hasta que finalmente quedó reducido a una sola palabra: concho.
Aunque existen otras teorías, esta continúa siendo una de las explicaciones más difundidas en la cultura popular dominicana.
Mucho más que un medio de transporte
Para quienes crecimos en los años 70 y 80, el carro público nunca fue simplemente un vehículo.
Era parte de la rutina diaria de la ciudad.
Era el carro que llevaba a los trabajadores a sus empleos antes de amanecer.
Era el que acercaba a las madres a los mercados y a las tiendas.
Era el que transportaba estudiantes, obreros, empleados públicos y familias enteras de un extremo a otro de Santo Domingo.
Pero también era el escenario de conversaciones, anécdotas y encuentros que hoy forman parte de la memoria colectiva de varias generaciones.
Cada ruta tenía sus personajes.
Cada chofer tenía su estilo.
Y cada pasajero llevaba consigo una historia.
Los conchos que acompañaron una época
Mucho antes de que existieran el Metro de Santo Domingo, los corredores modernos y las aplicaciones de transporte, los carros públicos eran el corazón de la movilidad urbana.
Millones de dominicanos crecieron subiéndose a uno de ellos para ir al trabajo, a la escuela, a una cita médica, al mercado o simplemente a visitar a un familiar.
En mi caso, aquellos viajes tenían un destino especial: la Duarte.
Por eso, cuando pienso en los carros públicos, no pienso solamente en transporte.
Pienso en mi madre.
Pienso en los zapatos nuevos de Navidad.
Pienso en las vitrinas iluminadas de diciembre.
Pienso en los cines que desaparecieron.
Pienso en una ciudad distinta.
Y comprendo que aquellos conchos no solo nos llevaban de un lugar a otro.
También nos llevaron a crecer.
Fuentes consultadas: investigaciones sobre la historia del transporte urbano dominicano y trabajos de memoria histórica sobre el origen de los carros de concho en República Dominicana.