Durante décadas, los dominicanos velaron a sus familiares en la sala de sus hogares. Entre cuentos, café, chocolate de agua y largas noches sin dormir, aquella costumbre marcó a varias generaciones.
A veces me pongo a pensar en cómo han cambiado los velorios en República Dominicana.
Los más jóvenes quizás no lo sepan, pero hubo una época en que la mayoría de las personas no eran veladas en funerarias. Cuando una persona fallecía, lo normal era escuchar a los ancianos decir algo que parecía una última voluntad:
«Cuando yo muera, que me velen en mi casa».
Y así se hacía.
La sala donde la familia veía televisión se transformaba de repente en un lugar de despedida. Los muebles se movían, se organizaban sillas prestadas por vecinos y amigos, y en el centro aparecía el ataúd rodeado de familiares, flores y oraciones.
Las largas noches de los años 70 y 80
Durante las décadas de 1970 y 1980, los velorios caseros eran una costumbre común en barrios y campos de todo el país.
Las funerarias existían, pero todavía no formaban parte de la vida cotidiana de la mayoría de las familias.
Además, muchas personas vivían lejos de la capital o de los principales centros urbanos, por lo que era habitual que el fallecido permaneciera más tiempo en la vivienda para permitir la llegada de familiares procedentes de otras provincias.
En aquellos años tampoco existían las facilidades de conservación actuales.
Por eso muchas familias colocaban hielo debajo o alrededor del ataúd para ayudar a preservar el cuerpo durante las horas previas al entierro.
El temor a ser enterrado vivo
Puede parecer extraño hoy, pero existía una creencia muy extendida.
Muchos adultos mayores insistían en que el cuerpo debía permanecer varias horas, e incluso un día completo, antes del entierro.
La razón tenía relación con historias populares sobre personas que supuestamente habían despertado durante un velorio después de haber sido dadas por muertas.
Algunas de esas historias eran reales, otras simples leyendas transmitidas de generación en generación.
Pero todas contribuían a que las familias esperaran más tiempo antes del sepelio.
Más que un velorio, una reunión comunitaria
Quienes vivieron aquellos años recuerdan que los velorios no eran silenciosos todo el tiempo.
Había dolor, lágrimas y rezos.
Pero también había compañía.
Vecinos que llegaban a cualquier hora.
Parientes que viajaban desde lejos.
Amigos que se quedaban toda la noche para que la familia no estuviera sola.
En muchas casas aparecían las tradicionales jarras de café.
También era común el chocolate de agua con jengibre, el té caliente y el pan untado con mantequilla para ayudar a quienes pasaban la madrugada despiertos.
Los cuentos de la madrugada
Quizás una de las imágenes más recordadas por quienes crecieron en los años 70 y 80 son los famosos cuentos de velorio.
Cuando avanzaba la noche y disminuían las visitas, siempre aparecía alguien dispuesto a contar historias.
Historias de aparecidos.
Historias de campos lejanos.
Historias de espíritus.
Historias de familiares ya fallecidos.
Entre cuento y cuento, el sueño desaparecía y la madrugada avanzaba casi sin darse cuenta.
Aquellas conversaciones terminaron convirtiéndose en una parte inseparable de la cultura popular dominicana.
Los apagones también formaban parte del ambiente
Los largos apagones que caracterizaron buena parte de aquellas décadas hacían que muchos velorios transcurrieran iluminados por velas, lámparas de gas o luces de emergencia.
La oscuridad de la noche, el silencio de las calles y las historias contadas en voz baja creaban una atmósfera difícil de olvidar para quienes la vivieron.
Cuando llegaron las funerarias
Con el paso de los años, las funerarias comenzaron a expandirse y ofrecer servicios que resultaban más cómodos para muchas familias.
Poco a poco, los velorios domésticos fueron desapareciendo.
Hoy la mayoría de los fallecidos son trasladados directamente a una funeraria, donde permanecen durante pocas horas antes del entierro o la cremación.
El proceso se ha vuelto más rápido, más organizado y más profesional.
Pero también más breve.
Lo que se perdió en el camino
Quizás el cambio era inevitable.
La vida moderna es distinta.
Las ciudades son más grandes.
Las familias viven más dispersas.
Los tiempos son otros.
Sin embargo, quienes vivieron aquellos velorios en las casas todavía recuerdan algo que iba más allá del funeral.
Recuerdan la solidaridad de los vecinos.
Las madrugadas compartidas.
Los cuentos que espantaban el sueño.
El café servido una y otra vez.
Y aquella sensación de que, por una noche, todo el barrio acompañaba a una familia en su dolor.
Hoy los velorios duran menos.
Pero los recuerdos de aquellas noches todavía siguen vivos en la memoria de muchos dominicanos.