Una reflexión basada en 2 Corintios 12:7 sobre la humildad, la obediencia y la dependencia de la gracia de Dios.
Muchos creyentes se preguntan por qué, a pesar de orar, siguen cargando con un dolor, una debilidad o una lucha constante. ¿Y si ese aguijón tiene un propósito que aún no ha comprendido?
Una reflexión basada en 2 Corintios 12:7 sobre la humildad, la obediencia y la dependencia de la gracia de Dios.
2 Corintios 12:7
«Y para que la grandeza de las revelaciones no me exaltase desmedidamente, me fue dado un aguijón en mi carne, un mensajero de Satanás que me abofetee, para que no me enaltezca sobremanera.»
Muchos hijos de Dios se preguntan por qué continúan enfrentando dolores, sufrimientos, dificultades, humillaciones, pobreza o debilidades físicas, aun cuando oran y buscan agradar al Señor.
Si usted no sabe por qué ocurre esto en su vida, esta reflexión busca ofrecer una respuesta desde la Palabra de Dios.
Como hijo de Dios, hombre, esposo y padre, usted recibió un aguijón en su carne para que no se exalte por encima de la voluntad del Señor. Ese aguijón representa una lucha permanente que le recuerda cada día que su fuerza no proviene de usted, sino de Dios.
El aguijón que usted porta como hijo de Dios, hombre, esposo y padre es una puerta que abrió a una actividad de pecado demoníaca, la cual mantiene activa en su vida diaria. Sin embargo, ese pecado permanece bajo el control y la soberanía de Dios.
El Señor permitió ese aguijón para evitar que usted se convierta en un hombre presumido a causa de las revelaciones que recibe. Su propósito es que usted obedezca, entienda y aprenda que, como hijo de Dios, hombre, esposo y padre, debe conocer el respeto, la honra y los límites establecidos por Dios.
También debe comprender que sus propósitos no dependen de sus propias capacidades. Cada uno de sus dones, objetivos, proyectos y responsabilidades depende absolutamente de la misericordia y de la gracia divina de Dios, manifestadas por medio de su Espíritu Santo y sostenidas en una vida de obediencia.
Cuando el creyente entiende esta verdad, deja de confiar en sus propias fuerzas y comienza a depender completamente del Señor. Es entonces cuando sus dones producen frutos de amor, prosperidad, bendición y paz.
No permita que el orgullo, la desobediencia o la autosuficiencia lo conviertan en un hijo, esposo o padre de maldición para Dios, para sus padres, para su esposa o para sus hijos.
Por el contrario, permita que la gracia de Dios haga de usted un ejemplo de bendición, un hombre íntegro y un buen padre, cuya vida refleje el amor, la misericordia y la fidelidad del Señor hacia su familia.
Que cada prueba, cada dificultad y cada aguijón le recuerden que la fortaleza verdadera no nace del hombre, sino de la gracia de Dios, que sostiene a quienes permanecen humildes y obedientes delante de Él.