El mundo digital también educa… ¿o estamos dejando que eduque solo?

Una escena que presencié en mi heladería me hizo reflexionar sobre el uso que nuestros hijos hacen de las redes sociales y la responsabilidad que tenemos los adultos de acompañarlos en el mundo digital.

Cada mañana repetimos casi el mismo ritual. Antes incluso de levantarnos de la cama, tomamos el celular y abrimos alguna aplicación. Queremos saber qué ocurrió mientras dormíamos, qué noticias hay, qué publicaron nuestros amigos o simplemente descubrir qué hay de nuevo.


Las redes sociales nos ofrecen un mundo lleno de emociones. Curiosidad, entusiasmo, esperanza y la posibilidad de aprender algo diferente cada día. Sin darnos cuenta, también crean una necesidad constante de volver a mirar la pantalla.


En mi caso, utilizo las redes para buscar historias, investigar, leer y encontrar temas que me ayuden a crecer como periodista y como persona. Pero hace unos días ocurrió algo que cambió mi manera de ver ese mismo mundo digital.


Me encontraba en una de mis heladerías cuando observé a varios adolescentes reunidos alrededor de un teléfono celular. Hablaban en voz baja, se reían y evitaban que otras personas vieran la pantalla. Era evidente que estaban viendo algo que no querían mostrar.


Movido por la curiosidad, les pregunté qué estaban viendo. Se negaron a enseñármelo.

Entre bromas, logré tomar el teléfono durante unos segundos y descubrí que estaban viendo contenido sexual explícito que una de las adolescentes compartía con el grupo con absoluta naturalidad.


Lo que vi me sorprendió, pero no tanto como la reacción de ellos.


Ninguno parecía incómodo. Nadie lo veía como algo fuera de lo normal. Era simplemente otro video más dentro de la inmensa cantidad de contenido que circula todos los días por internet.


Aquella escena me dejó pensando durante horas. Más que preocuparme por el video, me preocupó la facilidad con la que nuestros adolescentes pueden acceder a cualquier tipo de contenido desde la palma de su mano.


Entonces me hice una pregunta que también quiero compartir con usted:
¿Sabemos realmente qué están viendo nuestros hijos cuando pasan horas frente al celular?


Muchas veces nos preocupamos por saber dónde están, con quién salen o a qué hora regresarán a casa. Sin embargo, pocas veces nos detenemos a conocer el mundo que descubren cada vez que desbloquean su teléfono.


La tecnología no es el enemigo. Gracias a ella aprendemos, trabajamos, estudiamos y nos comunicamos con personas de cualquier parte del mundo. El problema comienza cuando dejamos que un algoritmo ocupe el lugar que corresponde a los padres.


Las plataformas digitales no educan. Solo muestran aquello que capta nuestra atención. No distinguen entre un adulto y un adolescente. Tampoco enseñan valores ni ayudan a desarrollar criterio.


Por eso la educación digital debe comenzar en casa. No basta con comprar un celular o instalar controles parentales. Lo más importante sigue siendo la conversación, la confianza y el acompañamiento.


Nuestros hijos necesitan saber que pueden hablar con nosotros sobre cualquier tema, incluso aquellos que resultan incómodos. Si la familia no responde sus preguntas, internet lo hará. Y no siempre de la mejor manera.
Aquella escena en mi heladería me recordó que los mayores riesgos para esta generación no siempre están en las calles.

Muchas veces llegan a través de una notificación, de un enlace compartido o de un video que alguien envía con aparente inocencia.


Educar hoy significa mucho más que enseñar a utilizar la tecnología. Significa enseñar a pensar, a distinguir entre lo correcto y lo incorrecto, a respetar la dignidad de los demás y a comprender que no todo lo que aparece en internet merece ser consumido.


Quizá la pregunta ya no sea cuánto tiempo pasan nuestros hijos frente al celular.


La verdadera pregunta es cuánto tiempo dedicamos nosotros a acompañarlos en ese mundo digital donde ellos pasan buena parte de su vida.