Desde una perspectiva de fe, la autora reflexiona sobre la necesidad de volver a Dios, abandonar la idolatría y fortalecer los principios espirituales que, a su juicio, deben guiar el destino de la República Dominicana
Cada acontecimiento que sacude a una nación también invita a examinar su conciencia. Para quienes creen en Dios, los momentos de incertidumbre son una oportunidad para reflexionar sobre la vida espiritual, revisar el camino recorrido y preguntarse si nos estamos alejando de los principios que sustentan nuestra fe.
Desde mi convicción cristiana, oro para que Dios guarde y proteja a la República Dominicana.
El reciente temblor que sintió nuestro país lo interpreto como un llamado a la reflexión espiritual. No hablo desde el miedo, sino desde mi fe. Creo que Dios continúa llamando a las personas al arrepentimiento y a volver su mirada hacia Él.
Vivimos en una sociedad donde, a mi entender, muchas prácticas se han alejado de las enseñanzas de las Sagradas Escrituras. La idolatría, la santería, la hechicería y toda forma de adoración distinta a Dios representan, según la Biblia, un camino contrario a Su voluntad.
Por eso considero necesario hacer un llamado, especialmente a quienes ejercen funciones públicas y tienen influencia sobre la vida nacional. Los gobernantes están llamados a actuar con sabiduría, discernimiento y respeto por los valores que dieron origen a nuestra nación.
Nuestra bandera lleva inscrito el lema «Dios, Patria y Libertad». Para muchos dominicanos, esas palabras representan mucho más que un símbolo patrio; expresan la convicción de que Dios debe ocupar el primer lugar en la vida del país.
Desde esa perspectiva, exhorto a los dominicanos a leer la Biblia, conocer sus enseñanzas y ponerlas en práctica. Jesucristo no es un personaje histórico más. Para quienes profesamos la fe cristiana, Él es el Señor y Salvador, quien transforma la vida de quienes le buscan con sinceridad.
No escribo estas líneas para condenar a nadie. Las escribo porque creo que siempre existe una oportunidad para el arrepentimiento, para abandonar aquello que nos aparta de Dios y para volver a Él con humildad.
Mi oración es sencilla: que Dios tenga misericordia de la República Dominicana, proteja a sus familias, ilumine a sus autoridades y fortalezca la fe de quienes creen en Él.
Si cada dominicano decide acercarse más a Dios, practicar Su Palabra y vivir conforme a sus principios, estoy convencida de que estaremos edificando una nación más justa, más fuerte y más comprometida con el bien común.
En el nombre poderoso de Jesucristo. Amén.