Una conversación con el locutor Tommy Meló y un promotor vinculado a Coco Band me permitió conocer desde dentro cómo se movía la promoción artística en República Dominicana antes de la llegada de internet y las redes sociales.
La primera vez que escuché la palabra «payola» no fue leyendo un periódico ni viendo un reportaje de televisión. La escuché a principios de los años noventa, cuando daba mis primeros pasos en el mundo del entretenimiento y comenzaba a descubrir cómo funcionaba realmente la industria musical dominicana.
Por aquellos años yo me dedicaba a organizar y producir eventos. Era una etapa de aprendizaje constante, en la que cada conversación podía convertirse en una lección. Fue entonces cuando conocí a Tommy Meló, uno de los locutores más carismáticos de la radio dominicana de la época y una voz muy popular en Fiesta FM.
Tommy trabajaba en el proyecto artístico de un bachatero y, al enterarse de que yo estaba involucrado en la organización de actividades, me invitó a formar parte de ese esfuerzo de promoción. Mi respuesta fue inmediata y sincera: le expliqué que no sabía nada sobre promover artistas.
Lejos de desanimarse, me dijo algo que todavía recuerdo: «Yo te voy a enseñar». Poco después cumplió su palabra. Me presentó a un promotor que trabajaba de cerca con Coco Band, una de las agrupaciones más exitosas de aquellos años. Sin saberlo, estaba entrando a una escuela práctica sobre cómo se movía la música dominicana antes de la era digital.
A partir de entonces comencé a visitar emisoras, discotecas y colmadones. Aprendí a conversar con locutores, a reunirme con DJ y a entender cómo una canción podía abrirse camino hasta convertirse en un éxito popular. En aquella época no existían las plataformas digitales ni las redes sociales. La promoción se hacía cara a cara, recorriendo calles, visitando cabinas de radio y construyendo relaciones personales.
Fue precisamente durante ese recorrido cuando escuché por primera vez el término «payola». Para muchos dentro del negocio, la palabra formaba parte del lenguaje cotidiano. Se utilizaba para describir pagos o incentivos que buscaban favorecer la difusión de una canción en determinados espacios de entretenimiento.
Con el paso del tiempo descubrí que la práctica no se limitaba únicamente a algunos DJ de discotecas. También escuché comentarios y observé situaciones que indicaban que ciertas emisoras participaban en ese mismo sistema. Dentro del ambiente artístico de aquellos años, muchas personas lo veían como algo normal, una parte más de las reglas no escritas del negocio musical.
Mirando hacia atrás, aquella experiencia me permitió conocer una realidad que pocas veces llegaba al público. Mientras los oyentes simplemente disfrutaban una canción en la radio, detrás existía todo un trabajo de promoción, estrategias y relaciones que influían en lo que finalmente sonaba en las emisoras y centros de diversión.
Hoy la industria musical funciona de manera muy diferente. Las plataformas digitales, las redes sociales y los servicios de streaming han transformado por completo la forma en que una canción alcanza popularidad. Sin embargo, quienes vivieron aquellos años recuerdan que antes del internet el éxito de un artista dependía de recorrer calles, visitar emisoras y convencer personalmente a quienes tenían el poder de poner una canción a sonar.
Aquella fue también la época en que aprendí una palabra que todavía genera debates en el mundo de la música. Pero más que recordar el término, lo que permanece en mi memoria es el aprendizaje recibido de personas que conocían el negocio desde dentro y que me permitieron ver una parte de la historia musical dominicana que muchos nunca llegaron a conocer.