La fe no solo transforma lo que creemos; también cambia nuestra manera de pensar, de relacionarnos y de decidir qué merece ocupar nuestro tiempo.
A veces pedimos a Dios que cambie nuestras circunstancias, cuando lo primero que necesita cambiar es la manera en que pensamos, las voces que escuchamos y aquello a lo que permitimos ocupar espacio en nuestra vida.
No toda relación merece ocupar el mismo lugar.
Y no toda actividad merece una parte de tu tiempo.
Cuando aprendes a discernir, poner límites y renovar tu mente en Cristo, comienzas a vivir de una manera diferente.
Ya no caminas cargando todo lo que encuentras en el camino.
Aprendes a dejar algunas cargas atrás.
Y entonces descubres algo fundamental:
tu mente no tiene que ser tu cárcel; puede convertirse, en Cristo, en el lugar donde comienza tu libertad.