Las imágenes del terremoto en Venezuela recorrieron el mundo. Sin embargo, hubo una conversación que me impactó mucho más que cualquier fotografía o cifra oficial.
Confieso que, después de ver durante varios días las noticias sobre el terremoto en Venezuela, sentí la necesidad de escribirle a una amiga que vive en Maracaibo.
Solo quería hacerle una pregunta muy sencilla:
¿Cómo están ustedes?
Nunca imaginé que aquella conversación terminaría dejándome una reflexión que todavía hoy sigue dando vueltas en mi cabeza.
«Aquí se sintió muy fuerte, pero…»
Su respuesta llegó casi de inmediato.
—»Amigo, gracias a Dios estamos bien.»
Sentí alivio.
Entonces me explicó que donde ella vive, en una zona rural cercana a Maracaibo, el terremoto se sintió con mucha intensidad, pero allí no vivieron la devastación que golpeó a otras regiones venezolanas, especialmente el estado La Guaira y sectores cercanos a Caracas, donde se concentraron los mayores daños.
Pero hubo una frase que captó completamente mi atención.
—»Hay que vivir en el campo.»
No fue una expresión improvisada.
Fue la conclusión de alguien que acababa de ver cómo, en cuestión de segundos, miles de familias cambiaban su vida para siempre.
Le pregunté por qué pensaba así.
Con mucha tranquilidad me respondió que las comunidades rurales sufrieron menos daños que las grandes ciudades, donde la concentración de edificios, viviendas y población hizo mucho más devastadoras las consecuencias del sismo.
Aquella frase parecía sencilla.
Sin embargo, encerraba una enorme enseñanza sobre vulnerabilidad, planificación urbana y resiliencia comunitaria.
La respuesta que me obligó a preguntar tres veces
Seguimos conversando.
Quise saber qué países estaban ayudando a Venezuela.
Comenzó a mencionar varios.
Recordó la solidaridad de la República Dominicana, además de la ayuda enviada por distintos gobiernos, organismos internacionales y organizaciones humanitarias.
Pero, de repente, pronunció un nombre que sinceramente no esperaba escuchar.
Haití.
Pensé que había entendido mal.
Volví a preguntarle.
Después insistí una tercera vez.
Ella sonrió.
—»Amigo, lo que pasa es que una amiga haitiana, junto a otras personas, reunió donaciones que fueron enviadas para ayudar a familias venezolanas.»
En ese instante entendí que la solidaridad no siempre aparece en los comunicados oficiales.
Muchas veces nace del esfuerzo silencioso de ciudadanos comunes.
Y, curiosamente, esa fue la parte de la conversación que más me conmovió.
Cuando quien también sufre decide ayudar
No pude evitar reflexionar.
Haití enfrenta desde hace años una profunda crisis humanitaria, política y de seguridad.
Millones de haitianos viven con enormes limitaciones.
Precisamente por eso me impresionó escuchar que personas de ese país también hicieron el esfuerzo de ayudar a familias venezolanas.
No importa si fue una gran donación o un pequeño aporte.
Lo verdaderamente importante fue el gesto.
Porque compartir cuando sobra tiene valor.
Pero compartir cuando también se necesita demuestra una grandeza mucho mayor.
Lo que dicen los datos
El 24 de junio de 2026, Venezuela fue sacudida por dos terremotos de magnitudes 7,2 y 7,5, considerados entre los más devastadores registrados en décadas.
Las zonas más afectadas fueron La Guaira, Caracas y otras localidades del litoral central.
Los balances oficiales más recientes superan los 5.000 fallecidos, alrededor de 16.700 heridos, miles de edificios afectados y decenas de miles de personas desplazadas. Además, Naciones Unidas estima que más de 1,3 millones de personas necesitarán asistencia humanitaria durante los próximos meses. �
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La tragedia movilizó una amplia respuesta internacional.
Gobiernos, organismos multilaterales y organizaciones humanitarias enviaron equipos de rescate, hospitales de campaña, medicamentos, alimentos y agua potable para apoyar las labores de emergencia. �
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Lo que ninguna estadística puede medir
Las cifras son necesarias.
Permiten conocer la dimensión de una tragedia.
Pero ninguna estadística puede medir el abrazo de quien perdió a un ser querido.
Ningún informe puede explicar el miedo de una madre que duerme con sus hijos en una carpa.
Y ningún reporte puede calcular el valor de una persona que decide compartir un plato de comida cuando también tiene poco para ofrecer.
Eso fue exactamente lo que entendí después de aquella conversación.
Análisis del Observatorio Fundación RATT Dominicana
Desde el Observatorio Fundación RATT Dominicana creemos que las tragedias naturales también dejan importantes lecciones para nuestras sociedades.
Nos recuerdan la necesidad de fortalecer la gestión del riesgo, mejorar la planificación urbana, invertir en sistemas de respuesta y promover una cultura de prevención.
Pero también nos enseñan algo que ningún manual puede explicar.
Cuando la tierra tiembla, desaparecen las diferencias políticas, económicas o culturales.
Lo único que permanece es la capacidad del ser humano para extender la mano al otro.
Aquella conversación comenzó con una pregunta muy sencilla.
«¿Cómo estás?»
Terminó recordándome una verdad que, en ocasiones, olvidamos demasiado rápido.
Las tragedias destruyen edificios. La solidaridad reconstruye esperanzas. �
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