La justicia no puede tener dos medidas

La justicia pierde credibilidad cuando deja de ser imparcial y toda vida merece respeto, solidaridad y justicia.

El valor de una vida no depende del uniforme que se vista ni de la profesión que se ejerza.

Vivimos tiempos en los que la indignación parece depender de quién es la víctima. Cuando un ciudadano pierde la vida a causa de la violencia o de un abuso de autoridad, la reacción social es inmediata y necesaria. Así debe ser en una sociedad que valora la vida y defiende los derechos humanos. Sin embargo, ese mismo compromiso con la justicia debería mantenerse cuando quien cae en el cumplimiento de su deber es un miembro de la Policía.

Reconocer esta realidad no significa justificar errores ni cerrar los ojos ante las malas actuaciones de algunos agentes. Toda institución debe rendir cuentas y todo abuso debe ser investigado y sancionado. Pero también es injusto permitir que las acciones de unos pocos definan el honor y el compromiso de quienes diariamente arriesgan su vida para proteger a los demás.

Lo preocupante es la pérdida de empatía. Cuando una persona celebra la muerte de un policía o responde con indiferencia ante el dolor de su familia, se rompe un principio fundamental de nuestra convivencia: el respeto por la vida humana. La violencia nunca debería convertirse en motivo de celebración, sin importar quién sea la víctima.

Una sociedad madura debe ser capaz de mantener el equilibrio. Debe exigir transparencia, profesionalismo y respeto a los derechos ciudadanos por parte de los cuerpos de seguridad, pero al mismo tiempo reconocer el sacrificio de los hombres y mujeres que ejercen su labor con vocación, honestidad y entrega.

La justicia pierde credibilidad cuando deja de ser imparcial. No puede existir una justicia para unos y otra para otros. El valor de una vida no depende del uniforme que se vista, de la profesión que se ejerza ni de las opiniones que despierte una institución. Toda vida merece respeto, toda familia merece solidaridad y toda víctima merece justicia.

Solo cuando aprendamos a condenar los actos incorrectos sin deshumanizar a las personas ni generalizar sobre instituciones completas estaremos construyendo una sociedad más justa, más equilibrada y, sobre todo, más humana.