La ministra de Interior y Policía llegó al cargo con una de las imágenes políticas más sólidas de su generación. Sin embargo, el desafío de transformar la percepción de seguridad de los ciudadanos ha resultado más complejo que presentar estadísticas positivas.
Por Eduardo Pérez Agüero
Cada vez que un padre o una madre sale de su casa para llevar a sus hijos a la escuela, regresa tarde del trabajo o espera a un familiar que aún no ha llegado, hay una pregunta silenciosa que se repite en miles de hogares dominicanos: ¿estamos realmente seguros?
Yudelca sale cada mañana de su casa en Santo Domingo Oeste a las 5:30 de la mañana. Aunque escucha que los homicidios han bajado, sigue llamando a su hija Diana para saber si llego a la universidad bien.»
La seguridad no suele medirse en estadísticas para quien vive el día a día.
Se mide en la tranquilidad de caminar por una calle oscura sin miedo.
En la confianza de que los hijos regresarán sanos y salvos a casa.
Y en la certeza de que el barrio donde se vive sigue siendo un lugar seguro para la familia.
Por eso, cuando las autoridades presentan cifras sobre reducción de homicidios o robos, muchos ciudadanos escuchan los números, pero terminan evaluando la realidad desde sus propias experiencias.
Es precisamente en ese punto donde se encuentra uno de los mayores desafíos que enfrenta hoy Faride Raful.
La mujer que durante años se convirtió en una de las voces más visibles contra la corrupción y la impunidad pasó de cuestionar las decisiones del poder a dirigir una de las instituciones más complejas del Estado dominicano: el Ministerio de Interior y Policía.
De fiscalizadora a funcionaria
Mucho antes de ocupar una oficina ministerial, Faride Raful construyó una imagen pública basada en la fiscalización, la transparencia y la denuncia.
Como diputada y posteriormente senadora del Distrito Nacional, se convirtió en una de las figuras jóvenes más conocidas de la política nacional.
Sus intervenciones en el Congreso eran seguidas por miles de ciudadanos.
Muchos veían en ella una representante de una nueva generación política dispuesta a enfrentar viejas prácticas que durante años habían generado desconfianza en las instituciones.
Esa imagen hizo que su nombramiento en agosto de 2024 generara altas expectativas.
Ya no tendría que señalar problemas.
Ahora tendría que resolverlos.
El ministerio más difícil
Pocas posiciones dentro del Gobierno están tan expuestas al escrutinio público como el Ministerio de Interior y Policía.
Cada crimen genera preocupación.
Cada hecho violento provoca cuestionamientos.
Cada decisión es observada por una ciudadanía que exige respuestas inmediatas.
La seguridad ciudadana no es un tema cualquiera.
Es una preocupación que afecta directamente la calidad de vida de las personas.
Por eso, cada ministro que asume esa responsabilidad enfrenta una prueba constante.
Lo que dicen las estadísticas
Durante su gestión, las autoridades han presentado cifras que reflejan una reducción sostenida en los homicidios y otros indicadores vinculados a la criminalidad.
Según los datos oficiales, la tasa de homicidios ha registrado una disminución respecto a años anteriores y se encuentra entre los niveles más bajos reportados en las últimas décadas.
Las autoridades también han destacado reducciones en algunos delitos contra la propiedad y una mayor coordinación entre los organismos responsables de la seguridad pública.
Para el Gobierno, estos números representan señales positivas de que las estrategias implementadas comienzan a producir resultados.
Sin embargo, los números por sí solos no siempre logran cambiar la percepción de la población.
Cuando la percepción pesa más que las cifras
Aquí aparece la gran pregunta.
Si los indicadores mejoran, ¿por qué muchos dominicanos siguen expresando preocupación por la inseguridad?
La respuesta no es sencilla.
Una estadística nacional no elimina el temor de quien fue víctima de un asalto.
Tampoco cambia automáticamente la percepción de una familia que ha vivido situaciones de violencia en su comunidad.
La seguridad tiene una dimensión emocional.
Y las emociones rara vez cambian al mismo ritmo que los números.
Un hecho violento de gran impacto puede generar más preocupación pública que una reducción porcentual en las estadísticas oficiales.
Por esa razón, la percepción ciudadana suele convertirse en una de las variables más difíciles de transformar.
El peso de las expectativas
Faride Raful no llegó al cargo como una figura desconocida.
Llegó con una trayectoria política que despertó esperanzas en muchos sectores.
Y cuando las expectativas son altas, las exigencias también lo son.
Los ciudadanos no esperan únicamente informes favorables.
Esperan sentir los cambios en su vida cotidiana.
Esperan caminar con mayor tranquilidad.
Esperan ver resultados en sus comunidades.
Esperan que la seguridad deje de ser una preocupación permanente.
Ese es probablemente el desafío más complejo que enfrenta cualquier gestión en esta área.
Una reforma que no ocurre de la noche a la mañana
La realidad es que muchos de los problemas asociados a la seguridad ciudadana tienen décadas acumulándose.
La reforma policial.
La confianza en las instituciones.
La profesionalización de los agentes.
La modernización de los procesos.
Son objetivos que requieren tiempo, recursos y continuidad.
Ningún ministro recibe una solución terminada.
Todos reciben problemas heredados.
Y todos son evaluados por la rapidez con que logran responder a ellos.
Más allá de simpatías y críticas
La gestión de Faride Raful genera opiniones divididas.
Algunos ciudadanos valoran los avances que reflejan las estadísticas oficiales.
Otros consideran que esos resultados aún no se traducen en una sensación real de seguridad.
Ambas visiones conviven en una misma realidad.
Porque la seguridad no se mide únicamente por los delitos que disminuyen.
También se mide por la confianza que siente la población.
Por la tranquilidad con que vive.
Y por la percepción que tiene sobre el entorno que la rodea.
La pregunta que sigue abierta
A casi dos años de asumir una de las responsabilidades más difíciles del Estado dominicano, Faride Raful enfrenta una prueba que va más allá de cualquier informe estadístico.
La verdadera meta no es solamente reducir los indicadores de criminalidad.
La verdadera meta es lograr que los ciudadanos vuelvan a sentirse seguros.
Y mientras esa sensación no llegue plenamente a los hogares, barrios y comunidades del país, la discusión sobre su gestión seguirá abierta.
Porque al final, para la mayoría de los dominicanos, la seguridad no se mide en números.
Se mide en la tranquilidad con la que viven cada día.
Sobre el autor
Eduardo Pérez Agüero es presidente de la Junta Directiva de El Vocero Dominicano. Desde la categoría El Vocero, comparte análisis, reflexiones y contenidos de contexto sobre temas sociales, históricos y de comunicación, con el objetivo de aportar información útil y comprensión a los lectores