Una visita inesperada a la Fiscalía de la Charles de Gaulle me permitió descubrir la humildad del artista que hizo bailar a varias generaciones de dominicanos.
Hay personas que uno admira durante toda la vida y piensa que nunca tendrá la oportunidad de conocer.
A mí me pasó con Johnny Ventura
Durante mi adolescencia, cuando el merengue era el dueño de las radios, las fiestas familiares y los colmadones de barrio, existían dos grupos de fanáticos muy definidos. Estaban los seguidores de Wilfrido Vargas y estaban los seguidores de Johnny Ventura.
Yo era de Johnny.
Recuerdo sus canciones sonando en todas partes. Recuerdo sus presentaciones en televisión y aquella energía que transmitía cada vez que aparecía en pantalla. También recuerdo programas como Fiesta, por Teleantillas, donde su presencia era sinónimo de alegría para miles de familias dominicanas.
Para muchos de nosotros, Johnny Ventura
no era solamente un cantante.
Era parte de nuestra juventud.
Era parte de nuestras navidades.
Era parte de los recuerdos más felices de una generación.
Por eso nunca imaginé que años después tendría la oportunidad de conversar con él cara a cara.
Un encuentro inesperado
Una mañana me encontraba en la Fiscalía de la avenida Charles de Gaulle realizando unas diligencias personales.
Mientras esperaba, observé a un señor moreno, alto y de apariencia muy sencilla. No llevaba nada extravagante ni buscaba llamar la atención. Sin embargo, tenía una presencia que transmitía respeto.
A su lado estaba un caballero vestido con saco y corbata que parecía ser su abogado.
Ambos sostenían un folder y conversaban en voz baja mientras aguardaban ser recibidos por el magistrado fiscal encargado.
Lo observé varias veces.
Su rostro me parecía conocido.
Hasta que finalmente me armé de valor.
—¿Usted es Johnny Ventura? —le pregunté.
Me miró con tranquilidad y una sonrisa amable.
—Sí, soy yo.
Aquella respuesta me sorprendió por la naturalidad con la que la dijo.
No había poses.
No había aires de grandeza.
No había distancia.
Simplemente estaba frente a un hombre sencillo.
El fanático volvió a ser muchacho
Apenas confirmé que era él, comenzaron a llegarme los recuerdos.
Le dije que desde niño había sido uno de sus fanáticos.
Le conté que en aquellos años existía una especie de rivalidad amistosa entre los seguidores de Wilfrido Vargas y los de Johnny Ventura.
Yo siempre defendía al Caballo Mayor.
Le recordé sus presentaciones con el Combo Show, una agrupación que revolucionó la manera de hacer merengue en la República Dominicana.
También hablamos de la televisión y de aquellos programas que marcaron una época.
Entre ellos mencioné Fiesta, que durante años acompañó a los dominicanos en sus hogares.
Recuerdo que me comentó algunas anécdotas relacionadas con el programa y me dijo, entre otras cosas, que tenía participación como socio en ese proyecto televisivo.
La conversación fue breve, pero muy agradable.
Johnny escuchaba con atención cada recuerdo que yo le compartía.
Y en medio de aquella charla ocurrió algo que jamás olvidaré.
“¡ Oye qué rico, mami!”
Quizás al notar mi entusiasmo, o simplemente siendo fiel a su personalidad alegre, soltó una de sus expresiones más populares.
—¡Qué rico, mami!
Lo dijo en tono de relajo.
Todos sonreímos.
Yo también.
Por un instante desapareció la imagen de la gran estrella nacional.
Frente a mí estaba el mismo hombre carismático que durante décadas hizo reír, cantar y bailar a millones de dominicanos.
Aquella frase rompió cualquier formalidad.
Me hizo sentir que estaba conversando con alguien cercano, con un amigo de toda la vida y no con una leyenda de la música.
Más que un cantante
Con el paso de los años he comprendido que Johnny Ventura representó mucho más que canciones exitosas.
Transformó el merengue.
Modernizó los espectáculos musicales.
Llevó alegría a los hogares dominicanos.
Y ayudó a construir una parte importante de nuestra identidad cultural.
Pero aquel día descubrí algo que pocas veces aparece en los titulares.
Descubrí la humildad detrás del artista.
Pudo haber respondido con prisa.
Pudo haberse limitado a un saludo.
Pudo haber marcado distancia.
Sin embargo, hizo exactamente lo contrario
.
Conversó con sencillez.
Escuchó con atención.
Y trató a un admirador como si lo conociera de toda la vida.
La noticia que entristeció al país
Aquella conversación duró apenas unos minutos.
Luego cada uno siguió su camino.
Yo regresé a mis asuntos y él continuó con los suyos.
Nunca imaginé que ese sería el único encuentro que tendría con Johnny Ventura.
Meses después, la noticia sorprendió y entristeció a toda la República Dominicana.
Johnny Ventura había fallecido.
Recuerdo perfectamente la sensación que experimenté al escuchar la información.
Sentí que el país perdía a uno de sus grandes símbolos culturales.
Como millones de dominicanos, pensé en sus canciones, en sus presentaciones y en los momentos felices asociados a su música.
Pero yo también recordé algo más.
Recordé aquella mañana en la Fiscalía de la Charles de Gaulle.
Recordé su sonrisa.
Recordé su humildad.
Recordé su disposición para conversar con una persona común.
Y recordé aquella frase que todavía me hace sonreír.
—¡Qué rico, mami!
El hombre detrás de la leyenda
Los grandes artistas no son solamente los que llenan escenarios.
Tampoco son únicamente los que venden discos o acumulan reconocimientos.
Los verdaderamente grandes son aquellos que dejan huellas en la vida de las personas.
Johnny Ventura logró ambas cosas.
Fue una estrella admirada por generaciones.
Pero también fue un ser humano cercano, sencillo y respetuoso.
Por eso su legado sigue vivo.
Porque más allá de la música, dejó recuerdos.
Y los recuerdos tienen una manera especial de vencer al tiempo.
Hoy, cuando escucho una de sus canciones o veo una imagen suya en televisión, no pienso únicamente en el Caballo Mayor del merengue.
Pienso en aquel hombre humilde que conocí por casualidad en una sala de espera.
Y agradezco haber tenido la oportunidad de descubrir, aunque fuera por unos minutos, al ser humano que existía detrás de la leyenda.