La pela que me gané por ir al Conde

A los 12 años acompañé a dos amigos a limpiar zapatos en la Calle El Conde. Aquella aventura terminó con un castigo en casa, pero también con un recuerdo que todavía vive en mi memoria.

La primera vez que fui a la Calle El Conde tenía unos 12 años.

No fui con mi familia.

Ni en una excursión escolar.

Fui con dos amigos del barrio: Francis y su hermano mayor.

Ellos tenían un plan que para nosotros parecía una gran aventura.

Salir a limpiar zapatos en El Conde.

El viaje que parecía otro mundo

Para un muchacho de barrio, llegar al Conde en aquellos años era como entrar a otro país.

Todavía recuerdo la impresión que me causó.

Las vitrinas.

Las tiendas.

La cantidad de gente caminando de un lado a otro.

El movimiento constante.

Todo parecía diferente a lo que estaba acostumbrado a ver.

Era una ciudad dentro de la ciudad.

Mientras avanzábamos por la calle, yo observaba todo con curiosidad.

No sabía mucho de negocios ni de dinero.

Lo que me emocionaba era sentir que estaba viviendo algo nuevo.

Algo que podía contar después.

La aventura de limpiar zapatos

Francis y su hermano se inventaron trabajar limpiando botas.

Yo simplemente los acompañé.

Para nosotros aquello no era trabajo.

Era una aventura.

La emoción de estar lejos de casa.

De movernos solos por la ciudad.

De sentirnos grandes antes de tiempo.

A esa edad uno no piensa en responsabilidades.

Piensa en descubrir el mundo.

Y aquel día, el mundo para nosotros cabía en una sola calle: El Conde.

El corazón de Santo Domingo

Con los años entendí que aquella fascinación tenía una explicación.

La Calle El Conde era el corazón comercial de Santo Domingo.

Por allí pasaban miles de personas cada día.

Era punto de encuentro de jóvenes, estudiantes, comerciantes, escritores y visitantes.

Mucho antes de convertirse en una vía peatonal, por sus calles transitaban vehículos públicos y privados mientras las grandes tiendas atraían a personas de todos los rincones del país.

Para muchos dominicanos, visitar El Conde era casi una obligación.

Si querías comprar algo importante, terminabas en El Conde.

Si querías pasear, terminabas en El Conde.

Si querías sentir el movimiento de la capital, terminabas en El Conde.

La pela que vino después

Lo que parecía una gran aventura cambió cuando llegué a mi casa.

Mi madre ya se había enterado.

Alguien le contó dónde yo había estado.

Y también le dijeron que andaba limpiando zapatos.

Todavía recuerdo su reacción.

Ella repetía una y otra vez que yo no tenía necesidad de hacer eso.

Que para eso ella trabajaba.

Que para eso estaba la familia.

Y como ocurría en muchos hogares dominicanos de aquella época, las explicaciones llegaron acompañadas de una buena pela.

En ese momento no entendí completamente su preocupación.

Yo solo veía una aventura.

Ella veía riesgos.

Yo veía libertad.

Ella veía a su hijo recorriendo la ciudad sin supervisión.

Lo que entiendo hoy

Con los años he pensado muchas veces en aquella experiencia.

No recuerdo cuánto dinero se ganó aquel día.

Ni siquiera recuerdo si llegamos a limpiar muchos zapatos.

Lo que sí recuerdo es la emoción.

La sensación de descubrir un lugar que parecía inmenso.

Y la certeza de que los adolescentes siempre están buscando nuevas aventuras, aunque los adultos no las entiendan.

Hoy la Calle El Conde es diferente.

Las vitrinas han cambiado.

Los vehículos desaparecieron cuando fue convertida en peatonal.

Las generaciones también cambiaron.

Pero cada vez que camino por allí, vuelvo a ser aquel muchacho de 12 años que acompañó a sus amigos en una aventura que parecía pequeña.

Y que terminó aprendiendo que algunas experiencias dejan recuerdos mucho más duraderos que cualquier castigo.

Porque la pela pasó.

Pero el recuerdo de aquel Conde lleno de vida sigue caminando conmigo.

Hoy la Calle El Conde es diferente.

Las vitrinas han cambiado.

Los vehículos desaparecieron cuando fue convertida en una vía peatonal.

Las generaciones también cambiaron.

Sin embargo, cada vez que camino por allí vuelvo a ser aquel muchacho de 12 años que acompañó a sus amigos en una aventura que parecía pequeña.

Con los años también entendí que El Conde era mucho más que una calle comercial.

Por allí caminaron generaciones de dominicanos.

Fue escenario de encuentros, celebraciones, protestas y momentos que marcaron la historia del país.

Miles de personas llegaron buscando trabajo, oportunidades o simplemente el deseo de conocer la capital.

Quizás por eso sigue ocupando un lugar especial en la memoria colectiva.

Porque El Conde no era solamente un destino.

Era una experiencia.

Y para mí siempre será el lugar donde descubrí que el mundo era mucho más grande de lo que imaginaba, aunque aquel descubrimiento terminara con una pela inolvidable al llegar a casa.

La pela pasó.

Los años también.

Pero el recuerdo de aquel Conde lleno de vida todavía sigue caminando conmigo