Pensé devolverlas: una simple compra me hizo reflexionar sobre el costo de vivir en República Dominicana

Una compra de 15 mini empanadas por 400 pesos llevó a reflexionar sobre el costo de la vida, la presión económica y las preocupaciones que enfrentan miles de familias dominicanas.

No fue el precio de unas empanadas lo que me hizo pensar. Fue la suma de pequeñas cosas que cada día pesan más en el bolsillo de miles de dominicanos.

No fui al supermercado buscando una historia.
Fui a comprar, como lo hace cualquier ciudadano que intenta resolver algunas cosas para la casa.
Caminé por los pasillos, tomé lo que necesitaba y seguí mi recorrido sin imaginar que una compra tan sencilla terminaría convirtiéndose en una reflexión sobre la vida que estamos viviendo.
Entre las cosas que llevaba había 15 mini empanadas.
Nada extraordinario.
Nada lujoso.
Algo simple.
Cuando llegué a la caja escuché el total.
Cerca de 400 pesos.
Por un momento pensé que había escuchado mal.
Miré las empanadas otra vez.
Quince mini empanadas.
Cuatrocientos pesos.


Y entonces comenzó una conversación que solo ocurrió dentro de mi cabeza.
Lo confieso.
Pensé devolverlas.


Pensé que con ese mismo dinero podía comprar una masa de empanadas, un poco de queso, un poco de jamón y prepararlas en casa por mucho menos.


Pensé que con esos mismos 400 pesos también podía resolver una comida para dos personas y todavía me sobraría algo de dinero.


La idea de devolverlas me cruzó por la mente varias veces.


Pero no lo hice.


Quizás por vergüenza.


Quizás porque ya estaba frente a la cajera.


Quizás porque uno termina aceptando cosas que hace algunos años habría considerado absurdas.
Mientras pagaba, escuché un comentario de la cajera y de la persona que empacaba.


No hablaban de política.


No hablaban de economía.


Hablaban de la vida cotidiana.


«Ya no vale la pena comprarlas.»


La frase fue sencilla.


Pero me acompañó durante el resto del día.


Tomé la funda, salí del supermercado y caminé hacia el vehículo.


Y mientras avanzaba hacia el estacionamiento seguía pensando en esos 400 pesos.


No porque fueran a cambiar mi vida.


Sino porque recordaba perfectamente cuando compraba esas mismas mini empanadas por casi la mitad de ese precio.
Encendí el carro y emprendí el camino.
Entonces ocurrió algo más.
Se encendió la luz del combustible.


Y de inmediato pensé:


«Ayer le eché mil pesos.»
Ahora tendría que volver a gastar otros mil.


Ahí fue cuando entendí que la historia no era sobre las empanadas.


Tampoco era sobre la gasolina.


Era sobre la acumulación.


La acumulación de gastos.


La acumulación de aumentos.


La acumulación de preocupaciones que poco a poco se van instalando en la vida de la gente.


La cuota de la casa.


La letra del vehículo.


La compra del supermercado.


La energía eléctrica.


El internet.


Los medicamentos.


El transporte.


Los gastos escolares.


Por separado parecen manejables.


Pero juntos terminan ejerciendo una presión silenciosa sobre miles de familias.
Soy microempresario.


Y paso gran parte de mi tiempo escuchando a la gente.


Escuchando conversaciones en negocios, en calles, en colmados y en lugares donde se reúne la gente común.


Y algo me llama la atención.


Las conversaciones han cambiado.


Antes era más frecuente escuchar discusiones políticas.


Hoy escucho más conversaciones sobre precios.


Sobre deudas.


Sobre gastos.


Sobre cómo hacer rendir el dinero.


Sobre cómo llegar al próximo pago.


No hablo como economista.


No hablo como analista financiero.


Hablo como ciudadano.


Como alguien que vive en este país, que compra en los mismos supermercados, que echa combustible en las mismas estaciones y que escucha las mismas preocupaciones que escuchan millones de dominicanos.


Las estadísticas pueden hablar de crecimiento económico.


Y seguramente tienen su importancia.


Pero también existe otra realidad.


La realidad de quienes hacen cuentas cada semana.


La realidad de quienes comparan los precios de hoy con los de hace algunos años.


La realidad de quienes sienten que el dinero trabaja más y alcanza menos.


Quizás por eso aquella compra aparentemente insignificante se quedó dando vueltas en mi cabeza.
Porque al final la historia nunca trató sobre 15 mini empanadas.


Las empanadas fueron solamente el recordatorio de una pregunta que cada vez escucho más en la calle y menos en los informes.


¿Cómo está haciendo la gente para seguir adelante cuando cada día parece costar un poco más vivir?


Esa fue la pregunta que me acompañó de regreso a casa.


Y sospecho que no soy el único que se la está haciendo.