Movilidad vial: una responsabilidad compartida

La seguridad en las carreteras no depende únicamente del conductor; también involucra la planificación de las vías, la señalización, la educación vial, la supervisión de las autoridades y el compromiso de toda la sociedad.

Cada vez que ocurre un accidente de tránsito, el primer señalado suele ser el conductor. Pero ¿qué pasa cuando una carretera tiene errores de diseño, faltan señales preventivas o la educación vial es insuficiente? Esta reflexión invita a mirar más allá del volante y entender que salvar vidas es una responsabilidad compartida.

Hay que tener claro que los accidentes automovilísticos tienen, en la mayoría de los casos, un factor humano como principal responsable.


Dicho esto, de seguro el amigo que lee estas líneas piensa inmediatamente en el conductor, como se diría, en automático. Sin embargo, hoy quiero invitarlo a recorrer el verdadero organigrama de la responsabilidad vial y entender cómo quienes deberían estar llamados a garantizar una movilidad más segura, muchas veces priorizan la fiscalización sobre la prevención. A eso se suma que la ciudadanía suele arremeter contra los agentes de tránsito, sin comprender que, en muchos casos, ellos solo cumplen las disposiciones que reciben.


La primera responsabilidad se la atribuyo a los ingenieros constructores de autopistas. Cada vez que se inaugura una nueva vía, las empresas constructoras deberían acompañar la obra con campañas educativas que expliquen cómo utilizar correctamente las entradas, salidas, retornos e intersecciones. No basta con informar que el Gobierno está construyendo una carretera; también hay que enseñar a la población a usarla de manera segura.
Un ejemplo lo encontramos en la carretera Bávaro–Miches. Allí se construyeron varios cruces. Uno fue cerrado, pero el siguiente mantiene el mismo error de diseño y continúa en funcionamiento. No soy ingeniero, pero transito diariamente por esa vía y conozco perfectamente dónde está el problema.


Entonces surge una pregunta inevitable: los accidentes y las vidas que ese error de construcción ha costado, ¿a quién se los reclamamos? Probablemente a nadie. Ahí comienza el verdadero organigrama de la responsabilidad.


Al continuar el recorrido hasta Miches se observa otra realidad: escasa señalización sobre los límites de velocidad. Es cierto que cuando una persona obtiene su licencia aprende cuáles son las velocidades permitidas, pero también es cierto que las autoridades deben reforzar esa información con señales visibles cada cierto tramo para mantener presente el riesgo.
Existen curvas pronunciadas sin advertencias suficientes. El mar está muy próximo a la carretera y nadie alerta sobre los efectos del salitre en la superficie, una condición que también puede influir en la seguridad vial.


Luego aparece el factor emocional del conductor, por el cual casi siempre termina siendo señalado como único culpable. Un neumático que perdió presión y no fue detectado a tiempo, una noche sin dormir, la preocupación por llegar al aeropuerto antes de que un cliente pierda un vuelo o cualquier situación personal pueden afectar la capacidad de reacción de cualquier persona.
Quiero explicar con mayor claridad el problema que observo en la entrada de Machiplán, en la carretera Bávaro–Miches. Cuando un vehículo sale desde Machiplán con dirección a Bávaro y gira a la izquierda, entra prácticamente en el mismo carril por donde circulan los vehículos que ya vienen por la autopista. El conductor que transita por esa vía entiende que tiene la preferencia y, de repente, encuentra otro vehículo delante de él. El desenlace puede ser una colisión.


Curiosamente, cuando el giro se realiza en sentido contrario existe un espacio que permite incorporarse sin interferir con quien ya circula por la autopista. Esa diferencia evidencia un posible problema de diseño que, lamentablemente, ya ha sido escenario de accidentes y pérdidas humanas.

Peatón versus conductor


Con frecuencia atribuimos casi el 90 % de las fallas a los conductores. Sin embargo, insisto en que si no formamos peatones conscientes tampoco tendremos conductores responsables.


La educación vial comienza mucho antes de obtener una licencia. Un peatón que aprende a respetar los cruces, esperar su turno y valorar las normas de tránsito, probablemente será un conductor más prudente en el futuro.
También debemos preguntarnos cuál es la responsabilidad de las empresas de transporte. ¿Hasta qué punto los horarios de trabajo y las exigencias operativas empujan a muchos choferes a conducir con exceso de velocidad? Un seguro puede responder por daños materiales, pero jamás devolverá una vida.
La experiencia de La Seiba, en la provincia La Altagracia, ilustra bien esta realidad. Durante años, los residentes convivieron con accidentes provocados por el paso constante de autobuses y vehículos pesados. La construcción de una vía alterna redujo momentáneamente el problema dentro de la comunidad.
Sin embargo, el crecimiento urbano alrededor de esa nueva carretera plantea nuevos desafíos. Aunque existen señales que establecen un límite de velocidad de 40 kilómetros por hora, muchos conductores las ignoran y continúan desplazándose como si participaran en una competencia. Por eso considero que la solución fue temporal o, simplemente, un cambio de escenario.
Finalmente, quiero llamar la atención sobre los propietarios y operadores de las empresas de transporte. Ellos también forman parte de esta cadena de responsabilidades. Los conductores necesitan supervisión, capacitación continua y condiciones laborales que les permitan desempeñar su trabajo sin presiones que comprometan la seguridad.
La movilidad vial no depende exclusivamente del conductor. Es el resultado del comportamiento de todos: autoridades, ingenieros, empresas, peatones y ciudadanos. Solo cuando cada uno asuma la parte que le corresponde podremos reducir los accidentes y proteger lo más valioso que tenemos: la vida.