Lo que comenzó como una pequeña heladería en la Ciudad Colonial terminó convirtiéndose en una de las marcas más queridas por generaciones de dominicanos.
Cuando era adolescente había una frase que se escuchaba por todas partes: «¡Qué bueno son!». Bastaba escuchar esas palabras para que uno pensara inmediatamente en un cono, una barquilla o una tarde compartida con amigos frente a una heladería Bon.
Con los años, muchas cosas cambiaron. Algunos negocios desaparecieron, otros quedaron en el recuerdo. Pero Helados Bon siguió ahí, acompañando cumpleaños, salidas familiares y hasta los primeros amores de varias generaciones de dominicanos.
Hace poco me hice una pregunta que quizás muchos también se han hecho alguna vez: ¿quién creó Helados Bon y cómo nació una de las marcas más queridas del país?
La respuesta me llevó a una historia que comenzó mucho antes de que existieran las redes sociales, los teléfonos inteligentes o los centros comerciales modernos.
Una pequeña heladería que hizo historia
Helados Bon nació el 30 de mayo de 1972 cuando el empresario dominicano Alfonso Moreno Martínez abrió un pequeño local en la Ciudad Colonial de Santo Domingo. La empresa comenzó con apenas tres empleados y produciendo sus helados en el mismo lugar donde eran vendidos.
Según registros históricos de la empresa, la familia Moreno apostó desde el principio por la calidad y por ofrecer una experiencia diferente a la que existía en el mercado dominicano de la época.
Lo que pocos imaginaban era que aquel pequeño negocio terminaría convirtiéndose en una marca nacional.
¿Dónde estuvo la primera heladería?
Muchos dominicanos recuerdan haber visitado la zona de la calle El Conde para disfrutar de un helado Bon.
Fuentes históricas señalan que la primera heladería funcionó en la Ciudad Colonial, específicamente en la calle Espaillat, muy cerca del corazón comercial y turístico de Santo Domingo.
Era una época en la que caminar por El Conde era una tradición familiar. Allí se mezclaban turistas, trabajadores, estudiantes y familias que encontraban en un helado una forma sencilla de disfrutar la ciudad.
De dos sabores a cientos de opciones
Los primeros helados Bon eran mucho más simples que los actuales.
La empresa inició vendiendo principalmente sabores de vainilla y chocolate. Con el paso del tiempo, Alfonso Moreno comenzó a experimentar con frutas y nuevas combinaciones que ampliaron la oferta y ayudaron a diferenciar la marca.
Esa innovación constante fue una de las razones por las que la empresa logró crecer rápidamente.
El secreto que cambió el negocio
A principios de la década de 1980, Helados Bon dio un paso que transformó por completo su futuro: el modelo de franquicias.
Gracias a esta estrategia, emprendedores dominicanos pudieron abrir sus propios establecimientos utilizando la marca Bon.
Lo que había comenzado como un negocio familiar pasó a convertirse en una red nacional que llegó a prácticamente todas las provincias del país.
Cuando Bon dejó de ser solo una heladería
Con el paso de los años, Helados Bon se convirtió en algo más que una empresa.
Para muchos dominicanos representa recuerdos de infancia, celebraciones familiares, salidas escolares y tardes de verano.
Es difícil encontrar una familia dominicana que no tenga alguna anécdota relacionada con una visita a Bon.
Esa conexión emocional explica por qué la marca ha logrado mantenerse vigente durante más de cinco décadas.
La llegada de una nueva etapa
En 2011, la empresa pasó a formar parte del grupo empresarial colombiano Grupo Nutresa, que adquirió la mayoría de sus acciones para impulsar su crecimiento y expansión.
Lejos de desaparecer, la marca continuó creciendo y fortaleciendo su presencia dentro y fuera de República Dominicana.
Actualmente cuenta con cientos de establecimientos y millones de visitas cada año.
Más que un helado, un recuerdo dominicano
Quizás esa sea la verdadera razón por la que Helados Bon sigue ocupando un lugar especial en la memoria colectiva del país.
No se trata solamente de sabores o de negocios.
Se trata de recuerdos.
De aquella salida con los padres después de la escuela.
Del paseo por El Conde.
Del primer helado compartido con amigos.
Y de una frase que todavía hoy muchos dominicanos recuerdan sin esfuerzo:
«¡Qué bueno son!»