Una historia sobre la admiración, los recuerdos y esos vínculos invisibles que permanecen incluso cuando el tiempo cambia el rumbo de las personas.
En «El Secreto de la Magia», Johnny Erasmo comparte una historia cargada de recuerdos, admiración y emociones que sobreviven al paso del tiempo. A través de una narrativa íntima y humana, el autor invita a reflexionar sobre la huella que dejamos en la vida de otras personas y sobre esos vínculos invisibles que, aun cuando los caminos se separan, permanecen grabados en la memoria.
Por Johnny Erasmo
En aquel tiempo, el mundo se dividía en dos: el ruido de afuera y la paz que construíamos ella y yo.
A sus ocho años, ella me miraba con una devoción que me resultaba, a la vez, divina y aterradora.
Para ella, yo era el modelo de vida, el guía, la ilusión; alguien cuyo juicio dictaba el valor de sus acciones.
Un día, sentado en el piso de mi casa, muy cerca de aquella niña angelical que me aislaba del resto del mundo, sentí la necesidad de advertirle. La sombra de mi propia humanidad me pesaba y le pregunté:
—¿Y si un día descubres que no soy nada de lo que tú crees? ¿Qué pasaría si te das cuenta de que soy peor que los demás, que todo fue solo una ilusión tuya? ¿Dejarías de hablarme? ¿Serías mi enemiga? ¿Pasarías tu vida frustrada diciendo que los hombres no sirven y que te traicioné?
Ella me miró con la certeza absoluta de quien ve lo que otros no alcanzan a ver y me dijo:
—Eso no pasará. No importa lo que tú hagas, siempre serás la misma persona para mí.
Y, sin esperar mi respuesta, lanzó dos besos al aire mientras corría hacia su casa, dejándome allí, en el suelo, con la conciencia de que su fe era una cárcel más fuerte que cualquier candado.
Más tarde, cuando me confesó que para sus amigas yo era un trofeo, pero que para ella yo era un hombre perfecto cuya magia no quería compartir, entendí que estaba ante un amor puro, pero peligroso. Intenté marcar distancia el día que fui a su nuevo hogar, negándome a sentarme en el piso para no alimentar el juego, pero ella ya había tomado su decisión.
El tiempo siguió su curso, imparable, hasta que un día llegó la noticia como un eco lejano de aquel pasado que yo creía haber enterrado. Ella había tenido un hijo y, en un gesto que oscilaba entre la fidelidad a sus propios recuerdos y la melancolía de lo que nunca fue, le puso mi nombre.
Al escuchar aquel nombre en boca de otros, me quedé paralizado. Me di cuenta entonces de que, mientras yo me esforzaba por mantener las distancias, por no sentarme en el piso y por cuidar mi integridad, ella había estado pescando en río revuelto. Había tomado la ilusión, la magia de aquella niña que miraba por la persiana, y la había convertido en una forma de perpetuar mi presencia en su vida.
Ese hijo, que lleva mi nombre, es el testimonio de una magia que yo no pude compartir, pero que ella nunca estuvo dispuesta a soltar. Fue la lección final: a veces, el guía no puede evitar que aquellos a quienes iluminamos terminen caminando tras nuestra sombra, incluso cuando nosotros ya hemos cambiado de dirección.
Cerré aquel capítulo con la certeza de que, aunque el camino nos separó, nuestras historias quedaron entrelazadas para siempre, marcadas por un nombre que ella decidió conservar.