Un recuerdo de infancia que muestra cómo la inocencia de un niño puede transformar una simple imagen del amanecer en una búsqueda inolvidable.
Cuando el cielo besó la tierra
Un día, cuando era pequeño, me desperté mucho más temprano de lo acostumbrado. El mundo estaba envuelto en una luz suave; era ese momento mágico en el que el día apenas está naciendo. Al mirar hacia el horizonte, vi algo asombroso: ¡el cielo se juntaba con la tierra!
Yo siempre había querido conocer el cielo. Mi madre me decía siempre: —«Pórtate bien, para que algún día llegues al cielo».
Pero al verlo allí mismo, tan cerca de mí, pensé que podía llegar corriendo, ¡sin tener que esperar a portarme bien! Lleno de alegría, salí disparado hacia aquella línea azul donde todo se unía. Corrí y corrí, pero me di cuenta de algo extraño: el cielo seguía a la misma distancia, por más que mis piernas se esforzaran.
Ya estaba muy lejos de casa cuando me encontré con el señor Panchito, un amigo de mi padre. Él, al verme correr como un loquito, saltó hacia mí y me atrapó en el aire, como si yo fuera una pelota de béisbol.
—¿Pero qué te pasa, muchacho? ¿A dónde vas con tanta prisa? —me preguntó asombrado.
—¡Mire allá! —le dije señalando el horizonte—. El cielo se junta con la tierra y voy para allá. ¡Voy al cielo!
Panchito sonrió con tristeza y me dijo: —No, pequeño, eso está muy lejos. Podrías pasarte la vida entera corriendo y nunca llegarías así. Te pasaría como a otro niño que conocí; corrió tanto que se quedó sin fuerzas, con hambre y mucha sed. Se alejó tanto que casi se pierde y los perros del camino lo asustaron mucho.
Me quedé mudo por un momento. Al dejar de correr, sentí por primera vez que mis pies me dolían y que estaba realmente cansado. El señor Panchito me tomó de la mano y me trajo de vuelta a casa.
Mientras caminábamos, comprendí que no hacía falta correr hasta quedar exhausto. Recordé las palabras de mi madre y me di cuenta de que el cielo no era un lugar al que se llegaba con las piernas, sino con el corazón. Desde entonces, entendí que para alcanzar el cielo, el secreto no era correr rápido, sino simplemente portarme bien.