Cuando Dios puede confiar en un padre

Una reflexión basada en Génesis 18:17-21 sobre la integridad, la obediencia y la responsabilidad espiritual de los padres de formar a sus hijos en los caminos de Dios.


¿Qué hizo que Dios confiara en Abraham? La respuesta no fue su riqueza ni su influencia, sino su compromiso de enseñar a su familia a vivir en obediencia. Ese mismo desafío sigue vigente para los padres de hoy.

Hay pasajes de la Biblia que, cuando los leemos con calma, parecen hablarnos directamente al corazón. Génesis 18:17-21 es uno de ellos. Mientras meditaba en esas palabras, me hice una pregunta que no pude ignorar: ¿podría Dios confiar hoy en mí como confió en Abraham?
La respuesta no es tan sencilla.
Muchas veces pensamos que Abraham fue llamado únicamente para ser el padre de una gran nación. Sin embargo, la Biblia revela algo más profundo. Dios dijo que conocía a Abraham y que sabía que enseñaría a sus hijos y a su casa a caminar en justicia y en obediencia. Esa fue una de las razones por las que decidió revelarle lo que iba a hacer con Sodoma y Gomorra.
Eso me hizo pensar que Dios no solo busca personas que oren mucho o que conozcan la Biblia. Dios busca hombres y mujeres íntegros. Personas cuya fe no termine cuando salen de la iglesia, sino que continúe en su hogar, en su trabajo y en cada decisión que toman.
Como padres, muchas veces les decimos a nuestros hijos que busquen a Dios, pero ellos terminan aprendiendo más de lo que ven que de lo que escuchan. Si nunca nos ven orar, difícilmente aprenderán a hacerlo. Si nunca nos ven abrir la Biblia, ¿cómo despertará en ellos el deseo de leerla? Si nuestra vida contradice nuestras palabras, el mensaje pierde fuerza.
Esa es una realidad que también me desafía.
No escribo estas líneas para señalar a nadie. Al contrario. Mientras preparaba esta reflexión entendí que el primer llamado es para mí. Dios sigue preguntando si estamos dispuestos a formar una generación que lo conozca de verdad y no solo de nombre.
Vivimos tan ocupados que, sin darnos cuenta, colocamos otras prioridades por encima del Señor. El trabajo, los compromisos, las preocupaciones y hasta el teléfono ocupan el tiempo que antes era para Dios. Y poco a poco dejamos de hablar con Él, dejamos de escucharlo y dejamos de enseñarles a nuestros hijos que Él debe ocupar el primer lugar.
Abraham hizo algo que también debería hacernos reflexionar. Cuando supo que Sodoma y Gomorra serían juzgadas, no celebró el castigo. Intercedió. Clamó. Rogó por misericordia.
Ese es el corazón que Dios sigue buscando.
Padres y madres que oren por sus hijos. Familias que levanten un clamor por su comunidad y por su nación. Creyentes que no sean indiferentes al pecado, pero que tampoco dejen de creer en el poder de la misericordia de Dios.
Quizá hoy el Señor nos está llamando a recuperar esa integridad que hemos perdido por el afán de la vida. A volver al primer amor. A reunir nuevamente a la familia para leer la Palabra. A enseñar con el ejemplo y no solamente con los consejos.
Porque la verdadera herencia que un padre deja no siempre está en una cuenta bancaria ni en una propiedad. La herencia más valiosa es una vida que inspire a los hijos a caminar con Dios.
Al terminar de leer Génesis 18 comprendí que la gran pregunta no era qué haría Dios con Sodoma y Gomorra. La gran pregunta era si Abraham seguiría siendo un hombre digno de la confianza de Dios.
Y esa misma pregunta sigue resonando hoy.
¿Puede Dios confiar en nosotros?