Política migratoria de Abinader

El Vocero

La política migratoria del presidente Luis Abinader enfrenta críticas y respaldos. Un editorial que analiza el fondo del problema con mirada crítica y humana.

La política migratoria del presidente Luis Abinader ha colocado a República Dominicana bajo un escrutinio constante, tanto a nivel nacional como internacional. Redadas, deportaciones, control fronterizo y protocolos en hospitales públicos forman parte de una estrategia que el Gobierno define como necesaria, pero que ha despertado profundas preocupaciones.

No se puede ignorar que la migración haitiana irregular es un problema real, histórico y complejo. El Estado dominicano tiene el derecho y el deber de proteger su soberanía, regular sus fronteras y hacer cumplir sus leyes. Negar esa realidad sería irresponsable.

Sin embargo, cuando la aplicación de la ley se percibe como desproporcionada o carente de sensibilidad humana, el debate deja de ser solo legal y se convierte en moral, social y político.

Las imágenes de deportaciones masivas, las denuncias sobre trato a mujeres embarazadas y las críticas de organismos internacionales han impactado la reputación del país. Más allá de la intención gubernamental, el mensaje que se proyecta al mundo importa, y mucho.

La migración no se resuelve únicamente con mano dura. Es un fenómeno regional que exige cooperación internacional, políticas públicas sostenibles y una visión que vaya más allá del corto plazo. Mientras Haití siga sumido en una crisis profunda, la presión migratoria continuará.

Este editorial no desconoce la carga que enfrenta República Dominicana ni minimiza el sentir de una población que reclama orden. Pero tampoco puede dejar de señalar que el respeto a la dignidad humana debe ser un límite infranqueable para cualquier política de Estado.

La firmeza no está reñida con la humanidad. Gobernar implica equilibrio, y en temas tan sensibles como este, ese equilibrio es lo que marca la diferencia entre ejercer autoridad y perder legitimidad.

El país necesita una política migratoria clara, legal y firme, sí, pero también transparente, humana y acompañada de un discurso que una, no que profundice divisiones.

Ese es el verdadero desafío.

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