La adopción de la inteligencia artificial depende menos de la moda y más de infraestructuras críticas como centros de datos y energía.
La inteligencia artificial no está frenándose por falta de ideas ni por rechazo social.
Se está ralentizando por algo más básico: la infraestructura.
Como bien señala el profesor Esteve Almirall, el problema no es solo que la adopción social de las tecnologías disruptivas sea lenta al inicio. El verdadero cuello de botella está en la necesidad de construir soportes físicos y estratégicos que hagan posible esa revolución tecnológica.
El patrón histórico se repite
Esto no es nuevo.
Ayer fue internet.
Antes de que la red transformara la economía, hubo que desplegar cables, antenas, servidores y redes de telecomunicaciones. Sin esa base, la innovación era solo una promesa.
Hoy ocurre exactamente lo mismo con la inteligencia artificial.
Centros de datos: el nuevo campo de batalla
La IA no vive en la nube por arte de magia.
Vive en centros de datos, consume energía, requiere refrigeración, chips avanzados y una planificación territorial que muchos países aún no tienen.
Hablar de liderazgo en inteligencia artificial sin hablar de infraestructura es vender humo.
Los algoritmos no escalan solos.
Geopolítica de la infraestructura digital
Aquí entra la dimensión geopolítica.
Quien controla los centros de datos, la energía y los semiconductores controla el ritmo de la IA.
Estados Unidos, China y la Unión Europea lo han entendido.
Por eso invierten miles de millones no solo en software, sino en infraestructura crítica, consciente de que el poder tecnológico del siglo XXI no se decide en laboratorios aislados, sino en redes físicas.
La adopción social no es el problema central
A menudo se dice que la sociedad “no está lista” para la IA.
Discrepo.
La historia demuestra que la sociedad adopta rápido cuando la infraestructura está lista.
Lo vimos con los smartphones.
Lo vimos con el streaming.
Lo veremos con la inteligencia artificial.
El freno no es cultural.
Es estructural.
Sin infraestructura no hay transformación
En mi opinión, el gran error del debate público es creer que la revolución de la IA depende solo de regulación, ética o talento.
Todo eso importa.
Pero sin infraestructura robusta, la inteligencia artificial seguirá siendo asimétrica: poderosa para unos pocos países y limitada para el resto.
Conclusión: primero el suelo, luego el cielo
La inteligencia artificial promete cambiarlo todo.
Pero antes hay que construir el suelo donde pueda apoyarse.
Como ocurrió con internet, el futuro no llegará de golpe.
Llegará a la velocidad que permitan los centros de datos, la energía disponible y la visión estratégica de los Estados.
Sin infraestructura, la IA no es revolución.
Es solo expectativa.