La historia de Kiki, quien vino desde México para graduarse en República Dominicana, es un testimonio de solidaridad, perseverancia y amor por los sueños.
A Jaqueline Jourdain Tejado no la conocimos primero por su nombre completo.
La conocimos como Kiki, esa presencia amable que aparece cuando alguien está perdido y necesita ayuda.
Así comenzó esta historia, no en un escenario ni con aplausos, sino en una clase virtual del diplomado, cuando yo no sabía cómo subir una tarea a la plataforma del instituto.
Un gesto que marcó la diferencia
Vi su nombre en pantalla.
Le escribí.
Y sin conocerme, Kiki dijo que sí.
Me ayudó paso a paso, con paciencia y humanidad. En ese momento entendí que no estaba frente a una simple compañera de estudios, sino ante una persona con una enorme vocación de servicio.
Ahí empezó todo.
El sueño de graduarse en República Dominicana

Tiempo después, su nombre volvió a aparecer.
Esta vez no era por una tarea, sino por un sueño: graduarse en República Dominicana, junto a su querido profesor, el embajador Norberto Soto, y sus compañeros de clase.
Pero el sueño tenía un obstáculo difícil de ignorar: el dinero.
El vuelo desde México, el hospedaje y los gastos hacían que la meta pareciera inalcanzable.
Lloró, dudó, pero no se rindió
Kiki no tenía el presupuesto.
Lloró.
Dudó.
Sintió miedo.
Pero decidió algo más fuerte: no rendirse.
Dijo “iré” cuando todo parecía decirle que no. Y cuando alguien decide desde el corazón, las puertas comienzan a abrirse, aunque sea poco a poco.
Llegó, se graduó y fue abrazada
Kiki vino.
Y se graduó.
Recibió el cariño del pueblo dominicano, los aplausos sinceros y el respeto ganado con esfuerzo. Pero su historia no terminó ahí.
Fue reconocida por la Fundación RATT Dominicana como Embajadora de la Lucha contra la Trata, un honor que confirma que su compromiso va más allá de las aulas.
Una historia que se queda con nosotros
Esta no es solo la historia de una graduación.
Es la historia de la solidaridad, de la perseverancia, de los sueños que no se abandonan aunque duelan.
Kiki ya era grande antes de subirse a un avión.
Y quienes la conocimos, aprendimos algo que no está en ningún diplomado:
Ayudar a alguien puede cambiar una vida.