Por: Ana Martinez
Como crítico de cine y farándula, analizo cómo Bad Bunny transformó el halftime show del Super Bowl en un espectáculo con relato, identidad y autoría.
El medio tiempo del Super Bowl suele ser un desfile de hits, luces y artificio pensado para el impacto inmediato. Esta vez ocurrió algo distinto. Bad Bunny entendió el espectáculo no como un número de consumo rápido, sino como una puesta en escena con relato, intención y punto de vista.
Desde la lógica del cine, el show funcionó como una pieza audiovisual compacta. Hubo control del ritmo, una coreografía que organizó el espacio y un uso del cuerpo como elemento narrativo, no solo como exhibición. Cada movimiento parecía responder a una idea previa, no a la improvisación del showbiz.
Desde la farándula, el gesto también fue político. Bad Bunny no se diluyó en la neutralidad que suele exigir este escenario global. Al contrario, reafirmó una identidad latina sin traducciones ni concesiones, consciente de que el Super Bowl es tanto un evento deportivo como una vitrina simbólica.
El artista evitó el exceso que caracteriza estos espectáculos. No apostó por invitados sorpresa para inflar titulares ni por efectos grandilocuentes que opacaran el mensaje. Apostó por la presencia, por la mirada y por una narrativa que se sostuvo de principio a fin.
En términos mediáticos, el show generó conversación precisamente porque no buscó agradar a todos. Esa es una regla conocida en el cine de autor y rara vez aplicada en la farándula de alto presupuesto. El riesgo, aquí, fue parte del discurso.
Muchos blockbusters carecen de la coherencia estética que este halftime show logró en pocos minutos. Esa comparación no es exagerada. El espectáculo tuvo una tesis clara y una ejecución consistente, algo cada vez más escaso en la industria del entretenimiento masivo.
Bad Bunny entendió que incluso el espacio más comercial puede ser intervenido con intención artística. Y eso, para un crítico de cine y farándula, es siempre una señal de autoría.
El medio tiempo del Super Bowl dejó de ser solo un show. Se convirtió en un relato que, como el buen cine, sigue resonando después de que se apagan las luces.